martes 9 de junio de 2009

La Salada de Luján


Debo confesar que soy católico porque me bautizaron (de prepo, como a la mayoría), porque tomé la comunión (conciente pero con la inocencia de un niño) y porque soy creyente, aunque no voy a la iglesia por varios motivos que no vienen al caso (salvo que asista a un casamiento o bautismo). Sin embargo, hace unos días estuve en Luján de paseo y no pude omitir pasar por la Plaza Belgrano para observar los trabajos de refacción que se estaban realizando en la Basílica.

Hacía muchos años que no recorría ese lugar y la verdad es que me quedé sorprendido en varios aspectos. Uno, por la obra monumental que es la catedral y de la cual nos encargaremos en otro viaje. Otro, por todo lo que la rodea. Sobre los laterales hay negocios, uno al lado del otro, cuyo único rubro es la venta de imágenes, rosarios, estatuillas y libros relacionados con la religión cristiana.

Frente a la puerta principal del santuario, se ubican más de 100 puestos ambulantes que ofrecen lo mismo que las santerías (estampitas, cadenitas, agua bendita, etc) y están agrupados en la Asociación de Santeros Ambulantes. Sus dueños, identificados con guardapolvos blancos y quienes deben cumplir ciertas normas para pertenecer a la “Caja grande” -como también se los conoce-, abonan un pago mensual a la Municipalidad para asentarse allí y van rotando con sus pares para no estar siempre en el mismo lugar.

Un poco más alejados de la iglesia aunque en la misma recova se asientan los “Caja chica”, quienes también pagan un canon mensual pero de menor valor. Y esos changuitos son más abiertos al interés de otras personas porque, además de brindar símbolos religiosos, también venden productos que les pueden interesar a devotos de otras creencias, a saber: pochoclos, dulces, autos de juguete, Berneys de peluche, pilas, relojes y hasta remeras con la estampa de la Basílica.

Pero lo que más me llamó la atención fue al entrar al templo. Como creyente, no podía entender que la gente se tomara fotos en el mismísimo altar con la Virgen de fondo como si estuvieran en Disney, o que, sentado en los bancos, hubiera un grupo de adolescentes escuchando música (bah, cumbia) con el celular… Entre el bullicio, las corridas de los chicos como si estuvieran en un shopping o las risas de un grupo de señoras mayores que vaya a saber con qué estarían bromeando, junto a una columna estaba uno de los párrocos de la iglesia que, al verme que lo observaba me dijo “bienvenido”; a lo que yo, sin titubear y firmemente le contesté “hasta nunca”.