martes 21 de abril de 2009

Una gran satisfacción


Difícilmente olvide el 10 de enero de 2009. Creo que jamás me olvidaré. Esa mañana, dos días después de mi cumpleaños 33, sabía que experimentaría uno de los paseos más gratificantes de mi vida.

El trekking al Glaciar Perito Moreno es una de las atracciones que se ofrecen en los paquetes turísticos hace más de 30 años y que recién ahora está tomando auge. Ocurre que antes la travesía era accesible para unos pocos por el precio. Hoy, si bien tampoco es económico, los casi $ 400 que cuesta la aventura bien vale la pena desembolsarlos.

Una vez en el muelle del Brazo Rico del lago Argentino, una lancha lleva a los caminantes glaciares hacia la otra costa del estrecho. Al desembarcar, los guías se presentan y dividen al contingente en grupos de entre 15 y 20 personas. Uno de los orientadores se encarga de los extranjeros y organiza el paseo en inglés, guía que recomiendo por tener menor cantidad de visitantes y que también explica en español.

Una vez en el refugio, conviene dejar allí los bolsos y afrontar la travesía solamente con abrigo, guantes (para no lastimarse las manos en caso de caerse), lentes de sol, protector solar y la indispensable cámara de fotos. La ida se realiza por la costa y a cada paso hacia el Gigante blanco la piel comienza a helarse, pero no por el frío que pueda llegar a hacer sino por la emoción de estar cada vez más cerca. Metros antes de pisar el hielo, los guías colocan los grampones y una vez calzados, ya estaremos prestos para comenzar una experiencia única.

Ni bien se pisa el glaciar la sensación es extraña. El crujido de las grampas se va asimilando con cada paso y el paisaje blanco, celeste y azul intenso empieza a ganar protagonismo. Al internarse en la mole de hielo (cada metro cúbico pesa 900 kilos) se visualizan pequeñas rías y sumideros, vertientes de agua que se producen por el deshielo, y grietas que contienen el agua mineral más pura que jamás hayan tomado. Doy fe de ello.

Después de una hora y media de recorrido, de tomar un whisky con pedacitos de glaciar (no me gusta la bebida escocesa pero hice un fondo blanco gustoso) y de sacarme una foto en el frente, descendí del Gigante con una satisfacción que muy pocas veces había sentido.