martes 7 de julio de 2009

Llegará la paz


Una vez que se está en El Chaltén, hay que dejar el auto en el estacionamiento del hotel y planificar una de las tantas caminatas que se pueden hacer.

Es recomendable, y casi una obligación, antes que nada pasar por la casilla de los guarparques en la entrada de la ciudad e informarse sobre las distintas expediciones que se pueden hacer, qué grado de dificultad tiene cada una, cuál es el tiempo estimado para hacerlas y qué elementos habría que llevar para no vivenciar una mala experiencia.

Para uno que está acostumbrado a hacer minitrekking solamente en las vacaciones, el sendero al cerro Torre era todo un desafío, porque tanto los guardaparques como el cartel que está en el inicio de la travesía coinciden en que el recorrido de 11 kilómetros hasta el pie de la montaña, el lago y el glaciar homónimo tiene una duración de tres horas…

Con una botella de agua de dos litros en la mochila emprendí la aventura que no sabía si iba a poder completar. Primero hay que sortear una trepada que deposita en un bosque de ñires muy pintoresco, y si bien la subida es pronunciada en los primeros metros debe hacerse sin apuro. Después de una hora de ascender y descender se arriba a un llano con arbustitos. A lo lejos, al pie de una cadena montañosa muy tupida de vegetación, lo único que se oye es el río Fitz Roy.

A medida que se continúa por el sendero demarcado, el ruido del caudaloso torrente se va acrecentando hasta llegar a una de sus orillas. Ahí el camino empieza a pesar, no sólo porque ya tenemos dos horas de marcha sino por el terreno rocoso e inestable. Igual, hay que continuar. Sólo un kilómetro falta para uno de los paisajes más increíbles y apacibles que puedan descubrir.

Por eso una vez frente al cerro, laguna y glaciar Torre se hace difícil pegar la vuelta… Por la paz que uno encuentra y por las dos horas y media de regreso.

martes 30 de junio de 2009

Caminante hay camino…


Este verano tuve la fortuna de conocer El Chaltén, la ciudad más joven del país. Fundada el 12 de octubre de 1985 por el entonces gobernador santacruceño Arturo Puricelli para defender la soberanía ante los reclamos chilenos sobre los Hielos continentales, la pequeña comarca cuenta con poco más de 1.000 habitantes durante la época estival y con apenas 60 durante el invierno, ya que el crudo invierno hace insostenible la residencia allí.

Para recorrer la villa y sus alrededores hay que contar con un muy buen par de zapatillas y muchas ganas de caminar. Por algo es La capital nacional del treeking… La excursión más cercana al poblado es El salto del Chorrillo, donde después de cuatro kilómetros de caminata por la ruta provincial 23 se llega a una cascada de 20 metros muy pintoresca.

Continuando por esa ruta pero ya en auto puesto que son 30 kilómetros, y siempre a la vera del Río de las Vueltas, se termina en el famoso Lago del Desierto, espejo de agua al pie de la Cordillera de los Andes codiciado también por los hermanos trasandinos. La vista de la cadena montañosa en conjunción con la albufera es majestuosa y cuesta dejar de contemplarla. Sin embargo, la travesía al Glaciar Huemul por un sendero en medio de un bosque de lengas promete más hermosos paisajes y convence a uno a hacerlo. Y vaya que vale la pena.

Pero no todo es aventura y ejercicio en El Chaltén. Para recuperar las energías y calorías perdidas en las expediciones nada mejor que una buena cena. Y en la entrada del pueblo, sobre la avenida Güemes, está la fonda patagónica Ahonikenk, parada obligada para todo aquel que disfruta de la comida casera. Excelente cocina y muy buenos precios, con el cerro Fitz Roy de fondo.

La semana que viene vamos a caminar dos horas y media hasta el cerro, la laguna y el glaciar Torre…

martes 23 de junio de 2009

Homenaje al Chueco


“Yo vivía en Batán, un pueblito cerca de Mar del Plata, y mi abuelo era sereno en una de las estaciones de servicio de Juan Manuel (Fangio). Y bueno, en aquella época se decía que yo era bueno porque en las Cafeteras me iba bien. Un día vino Juan Manuel con un Torino, con tres carburadores Weber; prácticamente era un TC. Y me llevó por un camino de tierra hasta cerca de Sierra de los Padres. Ese tramo tenía saltos de badenes, curvas, muy lindo, y yo por suerte lo conocía muy bien. Y ahí me di cuenta que yo no sabía manejar nada; fue algo que me deslumbró, impresionante. Pero mi sorpresa más grande fue cuando paró el auto, nos bajamos, y me dijo `bueno, ahora manejá vos´. En el primer badén salimos volando pero después fui mejorando y él me decía con la mano izquierda que estaba todo okey. Hasta que llegamos a una curva, denominada de Los Manzanares, que yo la hacía con la camioneta a 160 km/h. Obviamente que la pasé a un poco más. Una vez que la pasamos lo miro a Juan y esbozó una sonrisa…Cuando llegamos al asfalto, me dice `ahora te voy a enseñar a manejar en asfalto´. Hicimos un montón de kilómetros y me enseñó muchas cosas, como cómo pasar pozos a alta velocidad, dónde y cómo frenar, muchas cosas. La cuestión es que volvimos y fuimos a una cabina telefónica. Llamó a Alta Gracia y le dijo a Oreste (Berta) que me recibiera”.
El relato pertenece a Juan Carlos Papovich, ex piloto, hoy preparador, a quien le realicé una nota hace unos meses. En su manifiesto quise resumir la simpleza, humildad y hombría de bien de una persona que supo representarnos en el mundo con un volante de madera en sus manos y en la época donde el piloto era mucho, pero mucho más importante que el auto.
Mañana Juan Manuel Fangio cumpliría 98 años. El Chueco fue uno de los deportistas más destacados del país. Reconocido en todo el mundo por sus proezas arriba de un auto de competición y por su don de gente, venerado por miles de fanáticos del automovilismo y recriminado por otros tantos por una supuesta complicidad con los militares en la última dictadura militar, el Quíntuple sin dudas fue uno de los personajes del siglo XX.
Muchos lo han comparado con otros corredores; no hay lugar para la comparación. Juan Manuel Fangio fue único. Su obra descansa en el Museo Fangio de Balcarce, ciudad natal, la cual mañana vivirá una fiesta recordándolo. Y bien merecida la tiene.

martes 16 de junio de 2009

No todo es lo mismo


Si hubo un barrio que creció en los últimos años en la ciudad de Buenos Aires ese es Palermo. Antes, conocido por los bosques, el zoológico, la Rural y el hipódromo, hoy es reconocido por sus bares, locales fashions, galerías de arte, restós y sus diferentes denominaciones: Hollywood, Soho, Viejo, Nuevo, Chico y vaya a saber uno cuántas más...
La movida que se generó en esta zona de la Capital Federal elevó los valores de absolutamente todo, desde las propiedades hasta las cartas de los restaurants, puesto que la gente que comenzó a transitar por las veredas de baldosones grandes y multicolores o eran turistas con dólares o bien adolescentes de clase media / media-alta.
De ahí que los dueños de los "barcitos de Placita Serrano" tuvieron la libertad de cobrar una cerveza de 500cc a 20 pesos o un cafecito a 10. Y ni hablar si pedís una "grande" de muzzarella (tamaño: 25 cm de diámetro; grosor: 2,3mm), porque no sólo que te vas a quedar con hambre sino que también vas a tener que empeñar el reloj y el estéreo del auto para pagar la cuenta...
Por suerte, hay lugares dentro de Palermo (a secas) que valen la pena conocer. Uno de ellos es Aire Creacocina. Ubicado en Bonpland entre Cabrera y Gorriti, el restaurant no dista de sus competidores en cuanto a decoración aunque se destaca en otros aspectos que lo hacen distinto de los demás.
El dato no menor es que lo atiende su dueña, Ana, cuyo trato ameno y cordial permiten conocer en detalle los secretos del chef. En la carta encontrarán un menú variado pero sin estridencias, cuyos platos los dejarán por demás satisfechos. Recomendado: el Lomo envuelto en panceta ahumada. Para acompañar la cena, Aire dispone de una variada lista de vinos con precios lógicos, y una ambientación musical y visual extraordinaria.
Así que ya saben. Si alguna vez quieren ser parte de la movida palermitana y no desean entrar en la onda cool de pagar por palabras difíciles en un menú, Aire Creacocina los está esperando con la mejor atención, excelente servicio y los platos más exquisítos.

martes 9 de junio de 2009

La Salada de Luján


Debo confesar que soy católico porque me bautizaron (de prepo, como a la mayoría), porque tomé la comunión (conciente pero con la inocencia de un niño) y porque soy creyente, aunque no voy a la iglesia por varios motivos que no vienen al caso (salvo que asista a un casamiento o bautismo). Sin embargo, hace unos días estuve en Luján de paseo y no pude omitir pasar por la Plaza Belgrano para observar los trabajos de refacción que se estaban realizando en la Basílica.

Hacía muchos años que no recorría ese lugar y la verdad es que me quedé sorprendido en varios aspectos. Uno, por la obra monumental que es la catedral y de la cual nos encargaremos en otro viaje. Otro, por todo lo que la rodea. Sobre los laterales hay negocios, uno al lado del otro, cuyo único rubro es la venta de imágenes, rosarios, estatuillas y libros relacionados con la religión cristiana.

Frente a la puerta principal del santuario, se ubican más de 100 puestos ambulantes que ofrecen lo mismo que las santerías (estampitas, cadenitas, agua bendita, etc) y están agrupados en la Asociación de Santeros Ambulantes. Sus dueños, identificados con guardapolvos blancos y quienes deben cumplir ciertas normas para pertenecer a la “Caja grande” -como también se los conoce-, abonan un pago mensual a la Municipalidad para asentarse allí y van rotando con sus pares para no estar siempre en el mismo lugar.

Un poco más alejados de la iglesia aunque en la misma recova se asientan los “Caja chica”, quienes también pagan un canon mensual pero de menor valor. Y esos changuitos son más abiertos al interés de otras personas porque, además de brindar símbolos religiosos, también venden productos que les pueden interesar a devotos de otras creencias, a saber: pochoclos, dulces, autos de juguete, Berneys de peluche, pilas, relojes y hasta remeras con la estampa de la Basílica.

Pero lo que más me llamó la atención fue al entrar al templo. Como creyente, no podía entender que la gente se tomara fotos en el mismísimo altar con la Virgen de fondo como si estuvieran en Disney, o que, sentado en los bancos, hubiera un grupo de adolescentes escuchando música (bah, cumbia) con el celular… Entre el bullicio, las corridas de los chicos como si estuvieran en un shopping o las risas de un grupo de señoras mayores que vaya a saber con qué estarían bromeando, junto a una columna estaba uno de los párrocos de la iglesia que, al verme que lo observaba me dijo “bienvenido”; a lo que yo, sin titubear y firmemente le contesté “hasta nunca”.