viernes 18 de julio de 2008

Grande Cabezón


Voy a hacerle caso a un amigo que me dijo “che, las maravillas del país también están en la gente…”. ¡Noooo, lejos estoy de escribir sobre Julio Cobos!, el “héroe” nacional por estas horas, sino que lo voy a hacer sobre una persona que tuve la suerte de entrevistar el año pasado y fue una de las notas que más disfruté realizar.

José Froilán González fue un piloto de autos de carreras con todas las letras. Comenzó a desarrollar la actividad por pasión y sin tener objetivos claros; sólo quería desatar esa efervescente adrenalina que inundaba su morrudo cuerpo. Cuando se subió por primera vez a un coche de competición no pensaba en ganar dinero, ni en llegar a la Fórmula 1 ni en ser amigo de Juan Manuel Fangio. Aunque con el tiempo logró eso y más.

“A la primera carrera que me acuerdo que fui fue en el año `32, cuando se mató Domingo Bucci, en Arrecifes, era chico, tenía diez años. Por esa época lo más cercano a un auto de carreras que tenía era un cajón, con ruedas de madera que las hacíamos con las tapas de los tarros de yerba, y el motor era mi perro Sangre; lo ataba al carrito y él me llevaba, hasta que un día se le cruzó una liebre… ¡Ay Dios!, me tuvieron que sacar de entre medio de los alambres de púa”.

“En el `39 mi familia me mandó a Buenos Aires al colegio San Carlos. Un día me invitaron a jugar al fútbol a Bernal y en vez de volver al colegio me fui para la casa de mi tía, que era mi tutora. A la semana me vino a buscar mi papá y me llevó para Arrecifes, a trabajar al taller de mi tío. A veces cuando él no estaba, ponía el auto de carreras en marcha, porque él no me dejaba. Al año siguiente, el 14 de diciembre de 1940, mi tío se mata en una carrera, entonces hablar de coches de carrera en mi casa era imposible. Por eso yo empecé a correr recién en el `46 en Turismo Carretera”.

“En la primera en Fuerza limitada, con Chevrolet, me puse el seudónimo de Canuto, que fue en Carmen de Areco. Y en la segunda, que fue en Arrecifes, me puse Montemar. Un día estábamos a punto de almorzar con mi papá, mi mamá y mis hermanos, mi papá estaba leyendo el diario y me dice, `Pepe, ¿quién es este Canuto?´, `qué sé yo papá, hay tantos locos acá en Arrecifes´, le contesté. Y como en el pueblo ya había un poco de bochinche y me parecía que le estaban alcahueteando al viejo, dije voy a cambiarme el nombre, y me puse Montemar.
Vuelvo a ganar y otra vez papá ve el diario, y otra vez con la frasecita `no sé papá, hay tantos locos en Arrecifes…´. Cuando se enteró me echó de la casa”.


A los 85 años, el Cabezón recuerda como si fuera hoy sus inicios, las alegrías, las tristezas, las historias y anécdotas. Y es un placer escucharlo. Una maravilla.

martes 15 de julio de 2008

Todos somos… ¿Cómo era?


El nombre del sitio no es caprichoso. Argentina en auto quiere reflejar los lugares, tradiciones, personajes y curiosidades que existen en nuestro país. Hasta ahora vine mostrando algunos de los hermosos paisajes que tuve la suerte de conocer y contando una que otra anécdota o historia que encontré por el camino…

Hace unos meses, por obligaciones laborales, tuve que abandonar las cuatro ruedas (por si hasta ahora no se dieron cuenta, es mi medio de transporte preferido) y viajar a Comodoro Rivadavia por avión (foto), medio de transporte que trato de evitar… Y para colmo, tuve la desgracia de hacerlo por Aerolíneas Argentinas.

Además de la demora en la partida porque los auxiliares estaban trabajando a reglamento en reclamo (legítimo) de mejoras salariales, tuve que conformarme con un vaso de agua como desayuno, el trato no muy cordial de la azafata (era lógico su humor) y dilapidar otros tantos minutos esperando que mi bolso viniera por la cinta. Y pensar que estos trastornos fueron hace unos meses, como ya dije…

Hoy la situación de nuestra aerolínea empeoró. Los vuelos se redujeron, los (pocos) pasajeros no saben cuándo partirán ni arribarán, los empleados se retiran de sus puestos sin saber si los van a volver a ocupar al día siguiente, las naves tienen el mantenimiento mínimo e indispensable (y ojala que así sea), y la empresa de capitales españoles en cualquier momento le tira el bardo al Gobierno, que está a punto de intervenirla (“¡necesitamos más retenciones!”).

¿Se acuerdan hace dos años cuando estábamos con similar problemática y decíamos todos somos Aerolíneas?

“¡Ay, Aerolíneas!, hoy estamos ocupados con otro temita y no sabemos si vamos a poder ayudarte… Vos ponete a cacerolear que nosotros vamos al Monumento y a la Plaza… Chau, hablamos y fuerza, eh”.

viernes 11 de julio de 2008

Rafting entre lágrimas


A San Rafael tuve la suerte de viajar en varias oportunidades. Por trabajo y por placer, siempre que recorrí los poco más de 1.000 kilómetros que separan a esa ciudad mendocina con Capital Federal lo hice sabiendo que me dirigía a un lugar de ensueño.

Las vides y los olivos al costado de la ruta son el anuncio de que uno está llegando a la “Capital del vino”. Famosa por sus bodegas, el paseo por la urbe incluye un camino turístico a las distintas cavas que producen uno de los mejores vinos del país y que son exportados al mundo con calidad premium.

Alejándose de la metrópoli y encarando para el Valle Grande, la travesía natural llama a los aventureros. Recorriendo poco más de 30 kilómetros, y bordeando el río Atuel, en las diferentes paradas y campamentos se puede practicar trekking por los hermosos paredones rojizos que lo contienen, cabalgatas, tirolesa y rafting, con distintos grados de dificultad.

Siguiendo la ruta, en ascenso y superando los tres diques que cada uno posee una central hidroeléctrica, se llega al punto más bello del Cañón del Atuel. Un gran espejo de agua color esmeralda invita a contemplar el paisaje y a sumergirse… En las lágrimas.

Cuenta la leyenda que una tribu indígena poblaba el lugar y su vida se desarrollaba con normalidad hasta que una importante sequía afectó a los ancianos y niños de la comunidad. Las primeras muertes por la falta de agua movilizaron a Talú, el cacique, quien reunió a un grupo de hombres para ir a buscar el preciado líquido a otros territorios.

En la expedición, Talú se encontró con una bella mujer llamada Clara, que vivía sola en un valle y de quien se enamoró. Al poco tiempo tuvieron un hijo que llamaron Atuel. La alegría por el nacimiento del niño se opacaba por la sequía imperante que continuaba cobrándose vidas. Pero todo empeoró en un ataque de los hombres blancos que querían hacerse de las tierras de la tribu. Tras feroces combates, la mayoría de los indios fueron asesinados, entre ellos Talú. Los blancos finalmente se fueron, dejando viudas, huérfanos y heridos.

En la confusión, Clara huyó con el pequeño hacia las altas montañas y rogó a los dioses lluvias para que los sobrevivientes a la batalla pudieran salvarse. Sin embargo, su súplica de nada servía. Fue ahí que la mujer tomó una drástica decisión: ofrendar su vida y la de su hijo a los dioses. Antes de morir, una lágrima rodó por su mejilla y cuando ésta tocó el suelo, un caudaloso río comenzó a brotar y a surcar entre las montañas hasta llegar a la aldea.